martes, 6 de agosto de 2013

The Letter

El otro día revisaba La carta (W.Wyler, 1940), una pieza que puede encajar perfectamente entre esa colección, bien abundate, de obras maestras que la época dorada del cine nos legara. Un clásico indiscutible; todo en ella fluye con naturalidad y brío. Nada se puede reprochar a un conjunto elegantemente armonioso y coherente con las reglas narrativas de su tiempo. 
Un oscuro pasado, secretos inconfesables, un amor apasionado, y la sombra de un crimen como elementos dramáticos que se ciernen sobre unos personajes excepcionalmente presentados y desarrollados. El exotismo y el peso interpretativo de Bette Davis, absolutamente inspirada, aparecen como elementos decisivos para hacer del filme un icono reconocible y arquetípico de una forma de hacer cine que hoy nos parece casi irrecuperable. La música y la ambientación no hacen sino contribuir a acrecentar ese clima de agobio y tragedia que terminarán por estallar en una historia sombría y tormentosa, admirable eslabón en la filmografía de un William Wyler maduro, lúcido y único para desenvolverse en dramas de tales características. 



Francisco Castillo, 
una tarde de verano de 2013


domingo, 21 de julio de 2013

El colombiano que casi subió al cielo en el año 100.

Y llegó el último día del Tour de Francia 2013. Después de 3 semanas en una edición claramente para escaladores (a diferencia del año anterior, más propicia para contrarrelojistas), el pelotón llega hoy a los Campos Elíseos con un podium que no se ha decidido hasta la última etapa anterior a París. Esto es una buena noticia porque significa que el Tour ha tenido tensión y competición hasta el último momento, cosa soñada por los diseñadores del recorrido y los directores. En contra, la enorme superioridad de un Chris Froome que, en realidad, venía anunciando desde hace 2 años su fortaleza tanto en la montaña como contra el crono. Aun así, aunque ya en los Pirineos puso demasiada tierra de por medio, aumentada luego en cada etapa de montaña, no se puede achacar a sus perseguidores una incansable lucha para acosarle y recortarle tiempo.

La verdad es que es un gustazo ver correr a Froome, por su explosividad, por sus ataques irresistibles, su agresividad, su sentido del espectáculo, aunque la última semana ha sufrido algo más y a menudo ataca sin sentido. En sentido contrario han ido el segundo y el tercero de la general: Quintana y Purito Rodríguez, en clara evolución de menos a más y terminando por ser los dos mejores corredores en la última semana, pero partiendo de una renta demasiado grande como para desbancar a Froome. Purito ha hecho un Tour inteligentísimo e irreprochable, porque, a pesar de no empezar muy bien en los Pirineos, se ha ido levantando hasta encontrar esas fuerzas que le han hecho alcanzar el podium: ejemplo de no rendirse hasta el final, y corroborar el inmenso ciclista que es a pesar de sus 34 años. Dosificarse como lo ha hecho a lo largo de 21 días, y saber dar la machada en las etapas finales, está al alcance de muy pocos. No espero de él una lucha en la general de la Vuelta a España (finales de agosto) por el cansancio físico que conlleva el Tour, pero sin duda lo veremos ganar en etapas de rampas explosivas, su especialidad. 





Por otro lado, Nairo Quintana. Para mí, el hombre del Tour (con permiso de Froome y, si me apuran, de Richie Porte). El colombiano ha dado toda una exhibición de escalador puro. Un cuerpecillo curtido en el altiplano de su país, donde para ir a la escuela debía atravesar no sé cuántos kilómetros por el barro de las carreteras a no sé cuantos metros de altitud. Algunos ya especulan hoy en día si podrá ganar un Tour alguna vez...Desde luego, por juventud no será (23 años), ni tampoco por pundonor y clase, como demostró en la etapa de Annecy Senmoz, donde aguardó a que Froome se desgastara en su ataque irracional y a que Purito dijera basta después de imponer un ritmo altísimo para asegurarse el tercer puesto. El interrogante será su evolución en el terreno de la contrarreloj, donde su baja estatura no le permitirá jamás grandes resultados. Pero hay algo más en Quintana que nos lo convierte en un hombre querido: su humildad, su saber competir, su complexión de escalador nato, su sentido del equipo, y la confirmación de que el gran ciclismo colombiano ha resucitado junto a hombres de la talla de Rigoberto Urán (que ha hecho este año un Giro excelente) o Carlos Betancour...

En la otra cara de la moneda (de la carrera), nuestros Alberto Contador y Alejandro Valverde. Pero las sensaciones con cada uno, a pesar del resultado final, son bien distintas. Al murciano no se le puede reprochar nada; con una primera semana de Tour a un nivel sensacional y un segundo puesto en la general muy consolidado, otra vez le asaltó la mala suerte en un día de averías mecánicas y abanicos en el llano que le hicieron despedirse de cualquier opción. Pero no acabó ahí su nivel de excelencia: antes de despedirse de la competición, cambió honestamente los roles de su equipo, un Movistar que se ha erigido en el mejor conjunto con diferencia de esta edición centenaria, pasando él a un segundo plano para ayudar en lo posible a que su compañero Quintana pudiera llegar a lo más alto. Y así fue. Valverde siguió estando sólido en la montaña, atacó cuando debía, aguantó cuando no le quedaba más remedio, se dosificó en los ataques fugaces de los mejores para alcanzarlos a su ritmo, y dirigió al equipo en las persecuciones y en el control de la carrera. Una lección de liderazgo y de readaptación que lo confirman como un corredor excepcional, que se lleva del Tour unas sensaciones parecidas a las de Purito: no le esperamos para ganar la Vuelta, pero sí para exhibirse en alguna etapa propia para su perfil de velocidad punta en los metros finales.
Contador se lleva otra historia para casa. Como siempre, lo ha dado todo encima de la bici, ha atacado siempre que se ha visto con buenas piernas, y ha intentado en todos los terrenos amenazar al equipo del líder: en el llano con el día del viento; en la montaña con algunos ataques realmente duros aunque nunca efectivos (por la infinita fortaleza de Froome), y en las bajadas provocando más de un incidente. A quitarse el sombrero con su actitud; pero cuando no hay fuerzas, el ciclista al final se va viendo relegado por los que llegan más frescos. Lo cierto es que Contador este año no tenía por qué llegar tan justo; ha tenido una primavera corriente en cuanto a preparación del Tour, y ya en la Dauphiné Liberé se le vio claramente inferior a Froome. De todas formas, estos síntomas de flaqueza ya se le vieron en la Vuelta España 2012, donde, a pesar de ganarla, el mejor ciclista en el global y merecedor, por tanto, de la ronda, fue Purito. Pero esa es otra historia. El caso es que Contador ha entrado ya en la treintena, y no se le ve con esa abrumadora seguridad en las escaladas que se le veía hace 4 o 5 años. Sumado a que no tiene un equipo realmente fuerte como sí lo tiene Froome (exceptuando al sacrificado Kreuziger, un ciclista que cualquier querría tener entre sus filas) y al caso del dopaje que hace ahora dos años tanto le ha afectado psicológicamente, resulta un Contador que plantea la incógnita de si volverá a ser el ciclista todoterreno y controlador o si, por el contrario, pasa a una nueva fase en su carrera en que los objetivos se van viendo modificados. 






En cuanto a la actuación de los equipos y los corredores españoles, creo que podemos estar muy orgullosos en diversos aspectos, pero lo esencial es que, a pesar de no contar con ninguna victoria de etapa (cosa poco corriente en los últimos años), la actuación española ha tenido gran protagonismo durante toda la carrera, tanto en etapas como en la lucha final por la general. Como decía más arriba, lo del Movistar este año ha sido irrepetible, un equipo estupendo, solidario, con varias bazas que jugar, con peso dentro del pelotón y con cosas que decir en todos los terrenos. El botín no es escaso: un segundo puesto en la general, el maillot de la montaña, el maillot de los corredores jóvenes, dos victorias de etapa de un ciclista formidable como es Rui Costa, y otro corredor, Valverde, que, aunque se retrasase mucho con aquel fatídico día teniendo muy de cara el podium, ha conseguido meterse entre los diez primeros. Evidentemente, el Movistar ha completado una ronda inolvidable en el aspecto colectivo y confirma su posición de uno de los mejores conjuntos del mundo. Por lo que respecta al Euskaltel, no se le puede achacar nada debido a su incansable pelea por las fugas y las etapas de montaña, siguiendo esa línea que le caracteriza desde hace años de un equipo combativo y con corredores nunca conformistas, que podrán tener mayor o menor acierto. En lo individual, hemos visto a un Igor Antón con ganas pero al que aún falta una verdadera consistencia de largos recorridos, porque son ya muchas las jornadas en que termina por desinflarse, sin terminar nunca de explotar. Veremos qué papel puede jugar en la Vuelta a España. Y, por otro lado, el ilusioinante Mikel Nieve, un corredor diésel, gran escalador, que ha rozado en varias etapas el poder estar disputándolas en los metros finales, que ha estado en la brecha
para el maillot de la montaña, pero al que le ha faltado esa reserva extra de energía que pueda auparle hacia una victoria de etapa. Aun así, un corredor de futuro y con grandes cosas que decir aún en las pruebas de alto nivel. Por lo demás, hemos visto a un Dani Navarro en clara progresión, pudiéndose meter en el top10 de la general, aunque sin un verdadero escudero que le pueda ayudar a aspirar a algo más.

Por lo demás, la edición número 100 del Tour de Francia, verdaderamente histórica, nos ha dejado un nivel sobresaliente. Queda mi eterna crítica a los recorridos, en los que el inmovilismo de los directores impide que haya más espectacularidad si cabe desde la primera semana, cosa que sí se ha conseguido en la Vuelta y, cada vez más, en el Giro. Creo que hay demasiadas concensiones a los sprinters, con etapas llanas que podrían ser reducidas en favor de etapas más explosivas, con bonificaciones en meta, para otro perfil de ciclistas y para una mayor lucha de las escapadas. A pesar de eso, nos llevamos un Tour con una preciosa contrarreloj en Mont St.Michel, una cronoescalada intensa previa a los Alpes, nuevos recitales de velocidad protagonizados por Cavendish, Sagan, Kittel o Greipel en los sprints; un Tour pleno de emoción en la montaña gracias a esa irracionalidad de Chris Froome, mucho más voraz y desenfrenado que su antecesor Wiggins (hombre prudente y conservador), que, independientemente del tiempo que ha sacado a sus rivales, ha propiciado una lucha sin cuartel en cada ascensión, y que ha dejado para la posteridad una peculiar forma de atacar en el terreno escarpado: sentado y con una cadencia de locos. Toca despedirse de la ronda gala, con los ojos ya puestos en la siguiente gran cita, esa Vuelta España cada año más bonita y excitante que tantos buenos momentos nos está dejando y que, sin duda, seguirá dando.
Au revoir!



jueves, 4 de abril de 2013

El sueño de la libertad


Seré sincero. Cuando leí por primera vez la sinopsis de "Sons of Anarchy", yo no daba un duro por una serie de moteros criminales. Ya saben: prejuicios e ignorancia. Adquirí, no obstante, la primera temporada por una oferta irrechazable que encontré. Menuda bendición, pensé días más tarde. "Sons of Anarchy" resultaba ser una serie espléndida, sorprendente, intensa, bien hecha y mejor contada. Eso, a primera vista. Sin embargo, al terminar las cinco temporadas, me temo que la mera opinión debe ampliarse hacia el análisis detenido y la reflexión.

La FOX se arriesgaba considerablemente en esta apuesta: construir un drama sobre unos moteros de hoy en día que funcionaban como una auténtica banda mafiosa en California no parecía tener ningún precedente. Empero, bastarían pocos capítulos para comprobar que "Sons of Anarchy" puede fácilmente ser heredera de "Los Soprano", "El Padrino", "Godfellas" y otras grandes historias sobre los gángsters de América. El planteamiento de Kurt Sutter (Dios lo bendiga) pronto me pareció fascinante: el club motero SAMCRO era algo más que unos cuantos nostálgicos amantes de las harleys: la institución funciona como la verdadera rectora de la vida diaria de Charming, la localidad californiana que está bajo la influencia, protección y extorsión de los Sons. Nada sucede en Charming sin su consentimiento; la policía está en nómina; los negocios deben tener el beneplácito; los alcaldes son "amigos"; ninguna banda foránea puede traficar con drogas. La sede del SAMCRO reside en un taller de reparaciones mecánicas, "Teller´s & Morrow". No se echen a reír tan pronto. La tapadera esconde una provechosa fuente de ingresos: el tráfico de armas, compradas al IRA Auténtico y vendidas al resto de organizaciones criminales de la Costa Oeste: mejicanos (Mayans y cárteles como el de Galindo), negros (Niners, Bastards), rusos, italianos, neonazis, etc. Charming mira para otro lado; apenas hay delincuencia. Sus calles están en paz. No saben a qué precio. Los Sons nunca dudan en recurrir a la pólvora cuando se trata de sus negocios y su seguridad. Sus miembros son hombres violentos, crueles, impulsivos, ambiciosos y, en más de una ocasión, despiadados.



Llegados a este punto, es cuando podemos comenzar a entrever la grandeza de esta serie. Porque, tras este desolador panorama, la historia se detiene en describirte el día a día dentro del club. Sus costumbres, sus jerarquías, sus normas, la amistad de hierro que une a sus miembros, sus concepciones sobre el respeto, el honor, la tradición, la lealtad, el valor, la camaradería y la solidaridad. Los Hijos de la Anarquía constituyen una verdadera familia, como aquellos Corleone de New York o aquellos Soprano de New Jersey: el club protege por encima de todo a los que buscan refugio en él. Esposas, hijos, amantes, parientes, amigos: todos tienen cabida en SAMCRO, que velará por sus intereses frente a las amenazas exteriores y frente a los vacíos de un Estado imperfecto que se ramifica en cientos de pequeños Estados por cada una de las ciudades norteamericanas. Porque el crimen organizado no sólo es contrabando, chantaje, clientelas y control político: es también la asociación de una serie de grupos humanos para protegerse ante un Estado que no los respalda en determinados momentos. Mario Puzo y Coppola ya se encargaron de contárnoslo hace cuarenta años.

Kurt Sutter quiso, bajo estos presupuestos, hablarnos de cuestiones universales: de las luces y las sombras de los seres humanos; de cómo sobreponerse a las dificultades y las consecuencias que esto puede tener en la configuración de las mentalidades; de cómo amar por encima de todo, aunque ello te cueste el pellejo; de la redención que todo hombre llega a buscar en una vida llena de errores; de la degradación moral a la que te conducen la venganza y la violencia; de cómo el poder corrompe a quien ostenta un mazo y una silla que preside una mesa; de cómo un país se erige a base de infinitos sucesos anónimos que no pasan a la Historia y que a menudo son infames; de cómo se establecen los lazos de unión entre hombres que comparten determinadas señas de identidad; de la decadencia, en fin, de todos los seres humanos, que ven cómo su tiempo se acaba. Y, dominándolo todo, se cierne constantemente la sombra de los grandes clásicos: Edipo y Hamlet, encarnados en un Jax Teller cuyo padre, que presidía el club, murió en extrañas circunstancias, tras lo cual vino el liderazgo de Clay Morrow y el amor entre éste y la madre de Jax, Gemma. Como ven, el choque está servido.



"Sons of Anarchy" nos ofrece un sólido y altísimo nivel de continuidad durante sus cinco temporadas, con un culmen incuestionable que recae en la tercera. El taller, el hospital (y su capilla), la comisaría, la cárcel de Stockton, los desoladores paisajes urbanos, la poética de la carretera: son lugares comunes donde se gestan los caminos que va tomando la historia. Todas las temporadas contienen innumerables momentos de gran emoción (a quién no le impactó aquella escena en la estación de Belfast, cuando Jax observa a los padres de Abel, rodado con una inspiradísima cámara lenta); pasajes llenos de adrenalina entre tiroteos y persecuciones; tramas muy bien trenzadas, en la mejor línea de las grandes series norteamericanas, que nos mantendrán en vilo gracias a finales de episodios muy abiertos; escenas llenas de tensión; diálogos sensacionales que sólo se pueden apreciar en versión original (presten especial atención a los encuentros posteriores a cada reunión de los moteros en la sede, cuando el presidente se queda a solas con algún miembro); situaciones plagadas de un humor negro desternillante (ese peculiar personaje de Chucky, o los devaneos necrófilos de Tig); secuencias memorables que brillan generalmente por la conjunción entre un perfecto uso de la música (qué inolvidables temas de rock) y un calculado trabajo técnico, donde montaje y movimientos de cámara son manejados con sabiduría para narrar momentos paralelos en muchos finales de capítulo.

Varios personajes permanecerán por siempre en mis retinas. El viejo y enfermo policía Unser me hace recordar a los perfiles más trágicos y crepusculares de todo el cine americano; su ironía, su bondad, su decisión de colaborar con los Hijos como mal menor para Charming, su experiencia, su destino ya marcado por el cáncer, y su amor por Gemma, siempre escondido y silencioso. El inquietante, brutal y oscuro Otto Delaney, maltratado por la vida una y otra vez, criminal sin escrúpulos aunque romántico (inigualable aquella escena con Tara, recordando a su amada Luann), mil veces mutilado y capaz de los más horrendos actos con tal de proteger al club desde la cárcel (curiosamente, este personaje lo encarna el propio Kurt Sutter en apariciones tan provechosas como contadas con los dedos de la mano). El grandullón y gastado Piney, uno de los nueve fundadores del club, siempre lacónico y serio, que acude al alcohol como recurso por una existencia llena de pérdidas dramáticas y decepciones: es el vestigio de una época pasada, el observador a través de los años de la evolución del club, la voz autorizada y no siempre sensata para aconsejar en los asuntos de la institución. El carismático Clay Morrow (quizás el personaje que más evolución psicológica experimenta junto con Jax y Tara, interpretado por un inconmensurable Ron Perlman que se doctora en la quinta temporada) es presidente del SAMCRO, frío y calculador, muy contenido y bonachón en un primer momento hasta que, con el paso de los episodios, se tornará en hombre diabólico y desalmado, movido sólo por la codicia y el ansia de jefatura, siempre condicionado por su amor hacia Gemma; Clay es el eslabón clave en el negocio de las armas y un conocedor de todos los entresijos posibles para bregar con las bandas criminales de California. Gemma Teller, manipuladora y astuta, se convierte en una de las grandes bazas de la serie por méritos propios (Katey Sagal lo borda). Aunque no goza de mi atracción por los personajes antes descritos, posee una fuerza y una profundidad absolutamente incuestionables, y continuamente se erige en motor y epicentro de la historia.
Otros grandes secundarios son sin duda el siniestro mexicano Romeo (interpretado por un sorprendente Danni Trejo), el mafioso Jimmi O´Phelan, el irlandés MacGee, su compañera Maureen Ashby, el todopoderoso gángster Damon Pope o el incorruptible policía Hale (con el que los guionistas cometieron quizás el mayor error de toda la serie).



Desentrañar la tercera temporada, ambientada en su mayor parte en Irlanda, podría perfectamente ser motivo de una reseña, un artículo o incluso un estudio aparte. Yo tan sólo me limitaré a esbozar algunas pinceladas. En el ecuador de la serie, el guión presenta sus mayores conquistas, con un suspense sólo al alcance de los grandes maestros, sumado a unos personajes magistralmente escritos y entrelazados de manera precisa a una trama que, por lo demás, aparece como admirable mezcla de acción, intriga y tragedia sirviéndose de un complejo conflicto de intereses y sombras del pasado. Los Hijos se tendrán que trasladar a Irlanda y allí se verán atrapados por un torbellino de acontecimientos, entre los que descubrirán antiguos secretos y verán su propia supervivencia en el filo de una navaja. Su regreso a California estará coronado por un final absolutamente antológico, que hace de la tercera temporada la mejor de toda la serie. Dos personajes para el recuerdo: la agente Stahl, perversa y astuta hasta provocar la repulsa irracional del espectador, y el sacerdote Kellan Ashby, consejero del IRA, pastor del devoto rebaño católico de Belfast y patriota convencido, magníficamente interpretado por un James Cosmo misterioso, sobrio y maquiavélico, que hallará redención en el mayor de los sacrificios. Nadie se olvide del opening de esta tercera temporada, impregnado del toque gaélico con los ecos de la música irlandesa.



“Sons of Anarchy” quiere reflexionar, el última instancia, sobre dos cuestiones capitales excepcionalmente conjugadas en la serie: lo irreversible del destino y la dialéctica entre el bien y el mal. Hace años, unos jóvenes con ansias de libertad se embarcaron en la realización de un viejo sueño: una agrupación al margen del Estado, una institución anárquica (alejada del poder) que les respaldase y que conformase sus señas de identidad; una familia que les ofreciera protección mutua dentro de un país que les había enviado a una guerra estúpida y especialmente sangrienta. Estos hombres quisieron apartarse de los males y miserias que acechan a nuestra raza desde que se pierde la memoria. Pero todo se degrada. Los Sons cada vez más fueron demostrando cómo la corrupción, la ambición, la violencia y el ansia de poder son innatos al ser humano. El viejo sueño de John Teller y sus ocho camaradas fundadores pronto se hizo añicos, y éste terminó siendo destruido por la traición y la codicia.

Ahora, veinte años después, Jax observa cómo los derroteros de sangre, crueldad y peligros no hacen más que acechar a la gran familia que es el SAMCRO, cuya misma trayectoria le ha llevado a vivir al límite diariamente. Jax intentará abandonar la ilegalidad, volver a la concordia, que sus hijos no vean en un club de moteros a una banda de criminales y asesinos.



Pero Jax no hará más que repetir los pasos de su padre; verse continuamente arrastrado por la vorágine de acontecimientos, de ira, odio y negocios sucios que Clay Morrow pretende perpetuar. Ahí llegará el estallido, pues el joven Teller pasará por una evolución paultaina que se acentúa definitivamente en la quinta temporada, cuando veremos a un Jax convertido en presidente. Este cargo le hará ver las cosas de otra manera y a modificar su forma de actuar, pues la crueldad y el rencor le llevarán por caminos insospechadamente diabólicos, como se demuestra en su intento de anular a Wendy o en las numerosas venganzas y ejecuciones. Ese reverso oscuro tendrá su contrapunto en un Jax cada vez más líder, sabio y con gran sentido político, capaz de llevar la pesada carga que supone dirigir y proteger al club hasta el punto de mantener el delicado equilibrio entre las potencias que atenazan al SAMCRO: el cártel mexicano, el IRA, las amenazas internas, y el influyente Pope. Sin embargo, Jax ya habrá visto de primera mano cómo, por mucho que se empeñe, siempre estará atrapado en la propia dinámica autodestructiva de los Hijos de la Anarquía.
Pues, al fin y al cabo, esa es la gran enseñanza de esta serie: el hombre está predestinado a vivir y cometer los mismos errores que condenan a su raza. Tenemos una existencia ligada a sucumbir ante los males que acechan a toda sociedad humana. ¿Es posible escapar de esta condición? ¿Puede un hombre modificar la estructura de una agrupación (su tendencia y su degeneración) cuando es él mismo el que tropieza una y otra vez en los obstáculos que nos convierten en lobos? Ahí puede residir la grave complejidad de "Sons of Anarchy".


sábado, 5 de mayo de 2012

El deber

Siempre me gustaron las historias de aquellos personajes que viven anclados y marcados por su profesión, seres que llegan a límites insospechados de sacrificio, arriesgando siempre lo más preciado que tenemos en el mundo: la familia, el amor, la vida. El cine los ha tratado en diversas ocasiones: lo vimos con Al Pacino en HEAT (Michael Mann) o en Serpico (Sidney Lumet); también lo vimos con el zapador que nos presentó Katherine Bigelow en The hurt locker, o con los soldados que John Ford dejase para la posteridad en aquella maravillosa Trilogía de la Caballería, entre otros muchos ejemplos. Hombres que, por encima de todo, se agarraban al deber.

Grupo 7 no es sólo el acercamiento a este tipo de personajes. Tiene algunos aspectos temáticos más de atención que hacen de ésta una cinta sólida, honesta, necesaria y completa: el recuerdo atormentado y melancólico de un hermano fallecido, la redención de un hombre lacónico, violento y amargado; la imposibilidad de salir del sombrío mundo de las drogas y la marginalidad (encarnado a la perfección en dos personajes femeninos: la Caoba y Lucía); la tragedia de los que tuvieron la mala fortuna de nacer en unos barrios desamparados y conflictivos; el leve y frágil espacio, en fin, que hay entre la eficacia y el salvajismo, entre la justicia y la venganza, entre el compromiso y el odio.
Cuatro policías se mueven, día a día (en cada redada, en cada asalto, en cada persecución, en cada tiroteo), entre esos inestables e imprecisos lugares de su oficio, que los hacen dudar y sacar de sí todo el mal que puede albergar un ser humano. Tales son las situaciones límites que han de vivir en cada misión. 


La gravedad de la situación (el centro de una ciudad a las puertas de una Exposición Universal atestado de yonquis, camellos y gentuza) hace que el denominado Grupo7 pueda (y deba) actuar con rapidez, astucia y brutalidad. Los continuos excesos de estos cuatro policías, que traen consigo los éxitos, alarman a ciertas instituciones y a los medios de comunicación, poniendo en constantes aprietos a los responsables y superiores del grupo policial. ¿El fin justifica los medios? ¿Se puede vulnerar la ley para limpiar de heroína y de criminales una ciudad en cuatro años, cuando en veinte años apenas se ha actuado? He ahí el resbaladizo terreno en el que han de moverse estos personajes, acechados siempre por la infamia y la crueldad.

Grupo 7 cumple brillantemente con estas constantes del cine policíaco, género que en España ha dado un paso gigantesco con esta cinta y la formidable No habrá paz para los malvados, de la que luego hablaré. Pero Alberto Rodríguez no se conforma con presentarnos estas premisas del género; nadie ignora que todo cine negro y policíaco ha de llevar aparejados a su conglomerado la venganza, la ambigüedad, la violencia desmedida, el odio. Pero, sobre todo y más importante, una disección de las contradicciones y motivaciones de los personajes, una introspección en el lado humano de una historia que, cuando olvida esta premisa, queda coja, insustancial, fría y artificiosa. No es el caso. Así, el director pone en escena a un conjunto de figuras bien trazadas, a las que dedica más o menos tiempo, pero sin caer nunca en el error de desatenderlos o de hacerlos meros comparsas. Ellos son, claro está, Rafael (Antonio de la Torre, contenido y fenomenal en el papel más complejo del filme), Mateo (Joaquín Núñez con el perfil quizás más atractivo por su gracia y espontaneidad andaluza), Ángel (Mario Casas, correcto pero cuyos tics siempre detestaré), La Caoba (Estefanía de los Santos, grato descubrimiento) y Lucía (L. Guerrero). 

Grupo 7 es una película magníficamente ambientada, de narración ágil y equilibrada, con unos diálogos reales, reconocibles, coherentes (he aquí uno de los mayores triunfos del guión); localizaciones perfectas para la historia; acción rodada con solvencia y dotada de una espectacularidad en su justa medida (lo cual se agradece hoy en día); situaciones creíbles y un marco muy bien recreado: sórdido, sucio, abandonado, marginal, arrasado por el crimen y el olvido.



Alguien ha comparado No habrá paz para los malvados con Grupo 7. No comparten intereses, pero pueden ir en la misma línea cinematográfica. Creo que la segunda es ligeramente superior: aunque es menos compleja en su trama, Grupo 7 alcanza mayor intensidad y hondura en sus personajes. Sin desmerecer, por supuesto, a la magistral composición de José Coronado en la cinta de Urbizu, cuyo policía Santos Trinidad jamás olvidaré. Pero Grupo 7 es una película más coral, acaso más completa en el conjunto de elementos; su realismo jamás cae en el abuso ni en el efectismo. No será difícil que a algunos esta película les recuerde a Tropa de élite

Alberto Rodríguez sabe contenerse en todo momento, en los bordes donde amenaza el riesgo de recrearse en la aparatosidad. Me refiero, qué duda cabe, a ciertos fulanos de Hollywood, entre otros, tan obsesionados con la pirotecnia y los efectos que terminan por marearnos. Únicamente hay una escena en la que se peca de cierto barroquismo: Mario Casas solo, en medio del patio de vecinos, pistola en mano y a grito pelado. Se lo perdonaremos, máxime si la secuencia está estupendamente planificada: será que no aguanto demasiado a ese tipo tan cachas y tan pétreo. 

Una última referencia parece oportuna. Grupo 7 toma lo mejor de Gomorra (ésta parecía más un documental que otra cosa) y lo lleva a un terreno más humano y dramático: situarse en la autenticidad de las zonas marginales, en la sordidez de los barrios donde imperan las drogas y las mafias, y darle a todo ese armazón exterior un contenido de personajes de carne y hueso; hombres cercanos y contradictorios, sobrepasados por la gravedad de su profesión, golpeados por el alcance de los sucesos y peligros a los que han de enfrentarse cada día. Capaces de sacrificar una amistad o un matrimonio. Hombres marcados por su deber.

 Francisco Castillo,
Mayo de 2012.





sábado, 11 de febrero de 2012

Mi amigo Carlos Martín y la Golondrina

Hace unos días asistí a la celebración de un homenaje dedicado a Carlos Martín, profesor de Geografía e Historia y catedrático de instituto, que murió en el mes de julio de 2011. Carlos era un querido amigo de la familia, y a lo largo de quince años nos hemos reunido de vez en cuando para comer, para charlar, para beber vino. Su ausencia es dolorosa por varios motivos: se fue un hombre entrañable, sensato, apacible, culto, amable; dejó a una mujer y tres hijos; murió con tan solo 61 años.

A Carlos todos lo conocíamos por ser un bon vivant. Amaba los grandes y pequeños placeres: una tarde de lectura en su acogedora casa, un buen Rioja, la comida suculenta y abundante, ojear la prensa a media mañana con un café y unas tostadas, jugar al fútbol con sus amigos. Pero si algo caracterizaba a Carlos era su devoción por la música. He conocido en mi vida a dos o tres melómanos genuinos y sabios; él era uno de ellos. Su pasión por la música iba más allá del mero disfrute de los grandes maestros, pues estuvo más de veinticinco años en una coral modesta y limitada a la que elevó hasta cotas de gran calidad.

Una noche de julio, Carlos se encontraba en Granada con su mujer y unos amigos. Iba a un concierto que se celebraría en el Palacio de Carlos V. No es difícil pensar en la belleza del entorno; asistir a un concierto de música clásica en un palacio de proporciones y líneas tan perfectas, junto a los jardines, los patios y las fuentes de la Alhambra, debe ser algo indescriptible. Acaso el lugar y el momento en los que se reúne lo mejor del Occidente y del Islam.

Pero Carlos no llegó a experimentar tan hermosas sensaciones, pues un infarto le sobrevino cuando se sentaba en su butaca. Hay quien no valora tan fatídico suceso como casual; alguien me ha sugerido que Carlos estaba predestinado a morir en aquel marco de belleza incomparable, en su búsqueda del deleite ante la música.

Durante el acto de la otra tarde, se sucedieron las lecturas, los recuerdos, los honores y el rendido homenaje a alguien tan querido. Finalmente, los miembros de su coral cantaron varias piezas que a él le habían sido especialmente gratas. Fue entonces cuando la emoción invadió a todos los presentes. En mi caso, ocurrió durante la interpretación de La Golondrina, con la que no pude eludir las lágrimas ni evitar ciertos pensamientos que ahora plasmaré.

La Golondrina es una preciosa canción mexicana a la que siempre tuve un amor especial. Creo que data de mediados del siglo XIX, y existen diversas versiones. Mi veneración hacia esa canción está íntimamente unida a una veneración aún mayor por una película que significó para mí un antes y un después, Grupo Salvaje. Con esa canción, pasa por mi cabeza todo el Oeste americano y todo México. Con esa canción, veo nítidas ciertas imágenes y siento profundamente la poética del western, de la frontera.

Sam Peckinpah dejó para la posteridad uno de los pasajes más conmovedores que he visto, y para ello contó con ese tema ya aludido. A mitad de metraje, los personajes principales de Grupo Salvaje se detenían en un poblado mexicano, huyendo de los perseguidores que los buscaban por el atraco a un banco. Siempre permanecerá en mis retinas la forma en que Peckinpah rodó la partida de estos hombres que veían cómo su mundo se acababa; seres desolados, violentos, marginales, lacónicos, sin futuro, sin hogar, crepusculares.

Nunca se me olvidará el rostro cansado y agradecido de William Holden, ni el duro semblante de Ernest Borgnine, ni el del fordiano Ben Johnson. Pero tampoco caerán en el olvido los rostros anónimos de los humildes mexicanos del poblado, lugareños azotados por la pobreza, el abandono y la guerra. Secuencia antológica que nos deja algunos fotogramas llenos de poesía y tristeza: un anciano que levanta la mano y dirige su misteriosa mirada hacia William Holden, que le responde cortésmente; una mujer que se acerca a Ernest Borgnine y le regala una flor, ante la mirada de éste reflejando el absurdo de muchas cosas, cuando lo deseable sería no marchar; Warren Oates recibiendo un sombrero mexicano de manos de una bella muchacha; Jaime Sánchez cabalgando, que ya jamás le podrá dar a su madre esos besos de la despedida, sin saber que está ante la última vez que la ve mientras coge el exiguo paquete para el camino.





La cámara, entretanto, en un ejemplar travelling, se fija con respeto en unos aldeanos míseros y desamparados, en unos niños con miradas perdidas, que flanquean el camino por el que montan los forasteros, bajo la sombra de los árboles venerables. Y al compás de tan imborrables imágenes, La Golondrina:

A donde irá veloz y fatigada
la golondrina que de aquí se va.
No tiene cielo, te mira angustiada sin
paz ni abrigo que la vio partir

Junto a mi pecho
hallará su nido
en donde pueda
la estación pasar.
También yo estoy
en la región perdida
¡Oh cielo santo!
y sin poder volar.


Aquella tarde, cuando oí la canción interpretada por los miembros de la coral, vi de forma nítida la secuencia de Peckinpah, y también vi los desiertos de Colorado, de Sonora, de Texas, de Arizona; vi Chihuahua, El Paso, Tucson y un pueblucho de casas de adobe; también vi Río Grande, El Zurdo, Los profesionales, Pat Garrett & Billy the Kid, Veracruz, Juntos hasta la muerte, Mayor Dundee, Los siete magníficos, Pasión de los fuertes, El último atardecer, y tantas otras. Vi el romanticismo de los forajidos y los pistoleros y de la Revolución; vi el lirismo del crepúsculo y de la frontera.

Esto que escribo no es más que una minucia, un homenaje, un recuerdo. Valga para sentir una vieja canción, el Oeste y México; valga para sentir a mi amigo Carlos. Acaso él esté ahora en esa región perdida.



Francisco Castillo,

Febrero de 2012