martes, 6 de agosto de 2013
The Letter
domingo, 21 de julio de 2013
El colombiano que casi subió al cielo en el año 100.
La verdad es que es un gustazo ver correr a Froome, por su explosividad, por sus ataques irresistibles, su agresividad, su sentido del espectáculo, aunque la última semana ha sufrido algo más y a menudo ataca sin sentido. En sentido contrario han ido el segundo y el tercero de la general: Quintana y Purito Rodríguez, en clara evolución de menos a más y terminando por ser los dos mejores corredores en la última semana, pero partiendo de una renta demasiado grande como para desbancar a Froome. Purito ha hecho un Tour inteligentísimo e irreprochable, porque, a pesar de no empezar muy bien en los Pirineos, se ha ido levantando hasta encontrar esas fuerzas que le han hecho alcanzar el podium: ejemplo de no rendirse hasta el final, y corroborar el inmenso ciclista que es a pesar de sus 34 años. Dosificarse como lo ha hecho a lo largo de 21 días, y saber dar la machada en las etapas finales, está al alcance de muy pocos. No espero de él una lucha en la general de la Vuelta a España (finales de agosto) por el cansancio físico que conlleva el Tour, pero sin duda lo veremos ganar en etapas de rampas explosivas, su especialidad.
Por otro lado, Nairo Quintana. Para mí, el hombre del Tour (con permiso de Froome y, si me apuran, de Richie Porte). El colombiano ha dado toda una exhibición de escalador puro. Un cuerpecillo curtido en el altiplano de su país, donde para ir a la escuela debía atravesar no sé cuántos kilómetros por el barro de las carreteras a no sé cuantos metros de altitud. Algunos ya especulan hoy en día si podrá ganar un Tour alguna vez...Desde luego, por juventud no será (23 años), ni tampoco por pundonor y clase, como demostró en la etapa de Annecy Senmoz, donde aguardó a que Froome se desgastara en su ataque irracional y a que Purito dijera basta después de imponer un ritmo altísimo para asegurarse el tercer puesto. El interrogante será su evolución en el terreno de la contrarreloj, donde su baja estatura no le permitirá jamás grandes resultados. Pero hay algo más en Quintana que nos lo convierte en un hombre querido: su humildad, su saber competir, su complexión de escalador nato, su sentido del equipo, y la confirmación de que el gran ciclismo colombiano ha resucitado junto a hombres de la talla de Rigoberto Urán (que ha hecho este año un Giro excelente) o Carlos Betancour...
En la otra cara de la moneda (de la carrera), nuestros Alberto Contador y Alejandro Valverde. Pero las sensaciones con cada uno, a pesar del resultado final, son bien distintas. Al murciano no se le puede reprochar nada; con una primera semana de Tour a un nivel sensacional y un segundo puesto en la general muy consolidado, otra vez le asaltó la mala suerte en un día de averías mecánicas y abanicos en el llano que le hicieron despedirse de cualquier opción. Pero no acabó ahí su nivel de excelencia: antes de despedirse de la competición, cambió honestamente los roles de su equipo, un Movistar que se ha erigido en el mejor conjunto con diferencia de esta edición centenaria, pasando él a un segundo plano para ayudar en lo posible a que su compañero Quintana pudiera llegar a lo más alto. Y así fue. Valverde siguió estando sólido en la montaña, atacó cuando debía, aguantó cuando no le quedaba más remedio, se dosificó en los ataques fugaces de los mejores para alcanzarlos a su ritmo, y dirigió al equipo en las persecuciones y en el control de la carrera. Una lección de liderazgo y de readaptación que lo confirman como un corredor excepcional, que se lleva del Tour unas sensaciones parecidas a las de Purito: no le esperamos para ganar la Vuelta, pero sí para exhibirse en alguna etapa propia para su perfil de velocidad punta en los metros finales.
Contador se lleva otra historia para casa. Como siempre, lo ha dado todo encima de la bici, ha atacado siempre que se ha visto con buenas piernas, y ha intentado en todos los terrenos amenazar al equipo del líder: en el llano con el día del viento; en la montaña con algunos ataques realmente duros aunque nunca efectivos (por la infinita fortaleza de Froome), y en las bajadas provocando más de un incidente. A quitarse el sombrero con su actitud; pero cuando no hay fuerzas, el ciclista al final se va viendo relegado por los que llegan más frescos. Lo cierto es que Contador este año no tenía por qué llegar tan justo; ha tenido una primavera corriente en cuanto a preparación del Tour, y ya en la Dauphiné Liberé se le vio claramente inferior a Froome. De todas formas, estos síntomas de flaqueza ya se le vieron en la Vuelta España 2012, donde, a pesar de ganarla, el mejor ciclista en el global y merecedor, por tanto, de la ronda, fue Purito. Pero esa es otra historia. El caso es que Contador ha entrado ya en la treintena, y no se le ve con esa abrumadora seguridad en las escaladas que se le veía hace 4 o 5 años. Sumado a que no tiene un equipo realmente fuerte como sí lo tiene Froome (exceptuando al sacrificado Kreuziger, un ciclista que cualquier querría tener entre sus filas) y al caso del dopaje que hace ahora dos años tanto le ha afectado psicológicamente, resulta un Contador que plantea la incógnita de si volverá a ser el ciclista todoterreno y controlador o si, por el contrario, pasa a una nueva fase en su carrera en que los objetivos se van viendo modificados.
En cuanto a la actuación de los equipos y los corredores españoles, creo que podemos estar muy orgullosos en diversos aspectos, pero lo esencial es que, a pesar de no contar con ninguna victoria de etapa (cosa poco corriente en los últimos años), la actuación española ha tenido gran protagonismo durante toda la carrera, tanto en etapas como en la lucha final por la general. Como decía más arriba, lo del Movistar este año ha sido irrepetible, un equipo estupendo, solidario, con varias bazas que jugar, con peso dentro del pelotón y con cosas que decir en todos los terrenos. El botín no es escaso: un segundo puesto en la general, el maillot de la montaña, el maillot de los corredores jóvenes, dos victorias de etapa de un ciclista formidable como es Rui Costa, y otro corredor, Valverde, que, aunque se retrasase mucho con aquel fatídico día teniendo muy de cara el podium, ha conseguido meterse entre los diez primeros. Evidentemente, el Movistar ha completado una ronda inolvidable en el aspecto colectivo y confirma su posición de uno de los mejores conjuntos del mundo. Por lo que respecta al Euskaltel, no se le puede achacar nada debido a su incansable pelea por las fugas y las etapas de montaña, siguiendo esa línea que le caracteriza desde hace años de un equipo combativo y con corredores nunca conformistas, que podrán tener mayor o menor acierto. En lo individual, hemos visto a un Igor Antón con ganas pero al que aún falta una verdadera consistencia de largos recorridos, porque son ya muchas las jornadas en que termina por desinflarse, sin terminar nunca de explotar. Veremos qué papel puede jugar en la Vuelta a España. Y, por otro lado, el ilusioinante Mikel Nieve, un corredor diésel, gran escalador, que ha rozado en varias etapas el poder estar disputándolas en los metros finales, que ha estado en la brecha para el maillot de la montaña, pero al que le ha faltado esa reserva extra de energía que pueda auparle hacia una victoria de etapa. Aun así, un corredor de futuro y con grandes cosas que decir aún en las pruebas de alto nivel. Por lo demás, hemos visto a un Dani Navarro en clara progresión, pudiéndose meter en el top10 de la general, aunque sin un verdadero escudero que le pueda ayudar a aspirar a algo más.
Por lo demás, la edición número 100 del Tour de Francia, verdaderamente histórica, nos ha dejado un nivel sobresaliente. Queda mi eterna crítica a los recorridos, en los que el inmovilismo de los directores impide que haya más espectacularidad si cabe desde la primera semana, cosa que sí se ha conseguido en la Vuelta y, cada vez más, en el Giro. Creo que hay demasiadas concensiones a los sprinters, con etapas llanas que podrían ser reducidas en favor de etapas más explosivas, con bonificaciones en meta, para otro perfil de ciclistas y para una mayor lucha de las escapadas. A pesar de eso, nos llevamos un Tour con una preciosa contrarreloj en Mont St.Michel, una cronoescalada intensa previa a los Alpes, nuevos recitales de velocidad protagonizados por Cavendish, Sagan, Kittel o Greipel en los sprints; un Tour pleno de emoción en la montaña gracias a esa irracionalidad de Chris Froome, mucho más voraz y desenfrenado que su antecesor Wiggins (hombre prudente y conservador), que, independientemente del tiempo que ha sacado a sus rivales, ha propiciado una lucha sin cuartel en cada ascensión, y que ha dejado para la posteridad una peculiar forma de atacar en el terreno escarpado: sentado y con una cadencia de locos. Toca despedirse de la ronda gala, con los ojos ya puestos en la siguiente gran cita, esa Vuelta España cada año más bonita y excitante que tantos buenos momentos nos está dejando y que, sin duda, seguirá dando.
Au revoir!
jueves, 4 de abril de 2013
El sueño de la libertad
sábado, 5 de mayo de 2012
El deber
sábado, 11 de febrero de 2012
Mi amigo Carlos Martín y la Golondrina
Hace unos días asistí a la celebración de un homenaje dedicado a Carlos Martín, profesor de Geografía e Historia y catedrático de instituto, que murió en el mes de julio de 2011. Carlos era un querido amigo de la familia, y a lo largo de quince años nos hemos reunido de vez en cuando para comer, para charlar, para beber vino. Su ausencia es dolorosa por varios motivos: se fue un hombre entrañable, sensato, apacible, culto, amable; dejó a una mujer y tres hijos; murió con tan solo 61 años.
A Carlos todos lo conocíamos por ser un bon vivant. Amaba los grandes y pequeños placeres: una tarde de lectura en su acogedora casa, un buen Rioja, la comida suculenta y abundante, ojear la prensa a media mañana con un café y unas tostadas, jugar al fútbol con sus amigos. Pero si algo caracterizaba a Carlos era su devoción por la música. He conocido en mi vida a dos o tres melómanos genuinos y sabios; él era uno de ellos. Su pasión por la música iba más allá del mero disfrute de los grandes maestros, pues estuvo más de veinticinco años en una coral modesta y limitada a la que elevó hasta cotas de gran calidad.
Una noche de julio, Carlos se encontraba en Granada con su mujer y unos amigos. Iba a un concierto que se celebraría en el Palacio de Carlos V. No es difícil pensar en la belleza del entorno; asistir a un concierto de música clásica en un palacio de proporciones y líneas tan perfectas, junto a los jardines, los patios y las fuentes de la Alhambra, debe ser algo indescriptible. Acaso el lugar y el momento en los que se reúne lo mejor del Occidente y del Islam.
Pero Carlos no llegó a experimentar tan hermosas sensaciones, pues un infarto le sobrevino cuando se sentaba en su butaca. Hay quien no valora tan fatídico suceso como casual; alguien me ha sugerido que Carlos estaba predestinado a morir en aquel marco de belleza incomparable, en su búsqueda del deleite ante la música.
Durante el acto de la otra tarde, se sucedieron las lecturas, los recuerdos, los honores y el rendido homenaje a alguien tan querido. Finalmente, los miembros de su coral cantaron varias piezas que a él le habían sido especialmente gratas. Fue entonces cuando la emoción invadió a todos los presentes. En mi caso, ocurrió durante la interpretación de La Golondrina, con la que no pude eludir las lágrimas ni evitar ciertos pensamientos que ahora plasmaré.
La Golondrina es una preciosa canción mexicana a la que siempre tuve un amor especial. Creo que data de mediados del siglo XIX, y existen diversas versiones. Mi veneración hacia esa canción está íntimamente unida a una veneración aún mayor por una película que significó para mí un antes y un después, Grupo Salvaje. Con esa canción, pasa por mi cabeza todo el Oeste americano y todo México. Con esa canción, veo nítidas ciertas imágenes y siento profundamente la poética del western, de la frontera.
Sam Peckinpah dejó para la posteridad uno de los pasajes más conmovedores que he visto, y para ello contó con ese tema ya aludido. A mitad de metraje, los personajes principales de Grupo Salvaje se detenían en un poblado mexicano, huyendo de los perseguidores que los buscaban por el atraco a un banco. Siempre permanecerá en mis retinas la forma en que Peckinpah rodó la partida de estos hombres que veían cómo su mundo se acababa; seres desolados, violentos, marginales, lacónicos, sin futuro, sin hogar, crepusculares.
Nunca se me olvidará el rostro cansado y agradecido de William Holden, ni el duro semblante de Ernest Borgnine, ni el del fordiano Ben Johnson. Pero tampoco caerán en el olvido los rostros anónimos de los humildes mexicanos del poblado, lugareños azotados por la pobreza, el abandono y la guerra. Secuencia antológica que nos deja algunos fotogramas llenos de poesía y tristeza: un anciano que levanta la mano y dirige su misteriosa mirada hacia William Holden, que le responde cortésmente; una mujer que se acerca a Ernest Borgnine y le regala una flor, ante la mirada de éste reflejando el absurdo de muchas cosas, cuando lo deseable sería no marchar; Warren Oates recibiendo un sombrero mexicano de manos de una bella muchacha; Jaime Sánchez cabalgando, que ya jamás le podrá dar a su madre esos besos de la despedida, sin saber que está ante la última vez que la ve mientras coge el exiguo paquete para el camino.
La cámara, entretanto, en un ejemplar travelling, se fija con respeto en unos aldeanos míseros y desamparados, en unos niños con miradas perdidas, que flanquean el camino por el que montan los forasteros, bajo la sombra de los árboles venerables. Y al compás de tan imborrables imágenes, La Golondrina:
A donde irá veloz y fatigada
la golondrina que de aquí se va.
No tiene cielo, te mira angustiada sin
paz ni abrigo que la vio partir
Junto a mi pecho
hallará su nido
en donde pueda
la estación pasar.
También yo estoy
en la región perdida
¡Oh cielo santo!
y sin poder volar.
Aquella tarde, cuando oí la canción interpretada por los miembros de la coral, vi de forma nítida la secuencia de Peckinpah, y también vi los desiertos de Colorado, de Sonora, de Texas, de Arizona; vi Chihuahua, El Paso, Tucson y un pueblucho de casas de adobe; también vi Río Grande, El Zurdo, Los profesionales, Pat Garrett & Billy the Kid, Veracruz, Juntos hasta la muerte, Mayor Dundee, Los siete magníficos, Pasión de los fuertes, El último atardecer, y tantas otras. Vi el romanticismo de los forajidos y los pistoleros y de la Revolución; vi el lirismo del crepúsculo y de la frontera.
Esto que escribo no es más que una minucia, un homenaje, un recuerdo. Valga para sentir una vieja canción, el Oeste y México; valga para sentir a mi amigo Carlos. Acaso él esté ahora en esa región perdida.
Francisco Castillo,
Febrero de 2012












